“…tu eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia” Jonás 4: 2
Luego que Jesús fue bautizado en las aguas del famoso río Jordán y fue llevado y tentado en el desierto, inició su ministerio, es decir, las instrucciones de cómo alcanzar la salvación de nuestras almas. A través del doctor Lucas conocemos cuales palabras marcaron ese principio.
En efecto, de acuerdo a su evangelio, el Mesías, después de aquellos acontecimientos, se dirigió a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga[1], conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor”[2].
A continuación, según el indicado autor inspirado, el Rabí enrolló el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”. Vale saber que lo que Jesús leyó es una profecía que se encuentra en el libro del profeta Isaías, la cual huelga repetir[3].
Pero, si volvemos sobre el texto leído por el Cristo, notaremos que en la última línea el Hijo del Hombre[4] revela la voluntad de Dios aún viva hoy en día: Jesús confiesa que ha venido a predicar el año agradable del señor.
En muchas ocasiones en las Escrituras se puede leer la coletilla “el día del señor”, misma a la que normalmente se le atribuye una connotación negativa, y en realidad no es para menos. Y es que el día del señor alude a un tiempo de juicio divino.
Esencialmente, antes de la encarnación del verbo[5], el día del señor se refería a los llamados de arrepentimiento efectuados por Dios al pueblo de Israel. Es el caso de los acontecimientos narrados en el libro de Joel, de modo particular el versículo 1, del capítulo 2, reza: “(…) tiemblen todos los moradores de la tierra, porque viene el día de Jehová”. Haciendo alusión a la plaga de langostas que azotó la nación hebrea alrededor del año 800 a. C. y profetizada por Moisés alrededor de 500 años antes[6].
En lo que corresponde a la época posterior a la resurrección de Jesucristo, es notoria la declaración de Pablo, a propósito de su discurso en el Areópago[7], donde revela que Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en cual juzgará al mundo con justicia[8].
Si necesidad de escudriñar en demasía en Las Escrituras nos enteraremos por cuenta de Jesús que lo que va a pasar ese día es que todos los que están en los sepulcros se levantarán y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación[9].
Fijémonos que el veredicto del día de ese juicio depende estrictamente del ser humano, pues la diferencia entre la vida y la muerte, estriba en el buen o mal comportamiento y no en el capricho de Dios. Así las cosas, el dichoso juicio no se ve tan alarmante, pero si continuamos escudriñado tan solo un poco más en las enseñanzas del aludido sacro texto, nos toparemos con la sorpresa de que el día del juicio éste no será pronunciada ninguna condena, ni firmada ninguna sentencia.
En efecto, el mismo Jesús expresa que “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado”[10].
Es decir que quien no se somete a la voluntad de Dios no será condenado en el futuro, sino que de hecho ya ha sido condenado, ahora, quien se somete, entonces deja de ser condenado. Si nos detenemos en la segunda línea del párrafo anterior, Jesús expresa que quien cree no es condenado, pero la palabra “condenado” no figura en calidad de conjugación del verbo condenar, porque si no diría “no será condenado”, de modo que se trata del sustantivo-adjetivo “condenado”.
Al ser humano que todavía no ha aceptado a Dios le pesa en su contra una sentencia condenatoria, pero cuya firma, vea que cosa, no la estampa el juez, o sea Dios, sino el mismo condenado. Todo depende del individuo.
El caso se asemeja al procedimiento penal a grandes rasgos. En este último, de una parte, un juez pronuncia una sentencia condenatoria; y, de otra parte, cuando dicha sentencia se hace irrevocable otro juez es quien se encarga de la ejecución de esa sentencia[11]. En la especie, el ser humano carga con una sentencia condenatoria, tiene un día fijado para ser ejecutada, pero la misericordia de Dios es tan grande, que habiendo fijado ese día, establece todo un año de gracia y de perdón, y es que como se expresa al principio de este documento: este es el año agradable a Dios, mientras el día de la ejecución del juicio de Dios no llegue, vivimos ese año agradable del señor.
De manera, que el mensaje cristiano no se funda en penas, ni condenas, sino en el infinito amor que Dios nos ha demostrado, a través de la facilitación de nuestra redención; se funda en que hoy vivimos un tiempo donde a Dios le place sanar al quebrantado y libertar al cautivo. Expresa la Biblia que el ser humano sin Jesucristo es esclavo del pecado para muerte de su alma, pero en el caso contrario es esclavo de justicia para vida eterna[12].
Incontrovertiblemente, la mecánica del cristianismo gira alrededor de la idea de que Dios por amor planifica el sacrificio más grande que un padre puede mal soñar: Dios entregó a su único Hijo para nuestra salvación, de manera que la idea de castigos no se compadece con ese sacrificio. Pues una acción como ésa es una señal cristalina de que la voluntad de Dios es que nadie pierda la oportunidad de la salvación, por lo que es evidente que los males catastróficos que azotan al mundo y destruyen las vidas de sus ciudadanos no son la obra de Dios, sino que la humanidad misma es la causante de ellos.
Empero, este tiempo es de gracia, de perdón, de restauración, de recibir las bendiciones del Señor. No se trata de que no atravesemos circunstancias a veces de una amargura inconfesable, pero la diferencia está en hacernos y sabernos transeúntes de las vías de Dios. Expresa la Biblia que la fidelidad de Dios es de tal nivel que con los momentos de tribulación también vendrá la salida de parte de Él[13]. Y es que indistintamente la situación de aflicción en que vivamos Dios nos da la fortaleza para perseverar en el amor, la paz, el gozo, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y la templanza. Frutos que si logramos cosechar en nuestra conducta, definitivamente que ni pensaremos en el aludido día de juicio, sino que nos complaceremos y gozaremos en el año agradable de Dios en el cual estamos, de modo que la exhortación es que quienes lo hacen lo continúen perfeccionando y a aquéllos que no lo han empezado a vivir que se animen, pues en Cristo no hay condenación, sino vida y vida en abundancia[14].
[1] La sinagoga es el lugar donde se celebran las reuniones religiosas de los israelitas.
[2] Lucas 16, 4 y ss.
[3] Isaías 64: 1-2
[4] El Hijo del Hombre es una expresión que se utiliza para designar a Jesús, pero en cuanto a su significación la exégesis cristiana no es firme, puesto que algunos señalan que se trata de un título de Jesús que le exalta su naturaleza humana durante los 33 años de encarnación, en cambio otros vinculan dicho nombre con el verso 13 del capítulo 7 del libro de Daniel y sostienen que Jesús es el hijo del hombre en el sentido de que él concentra todo lo bueno de la humanidad de acuerdo a como se colige de Daniel 7:13. Otros, muy por el contrario, entienden que se trata de una expresión idiomática utilizada por cualquier judío de aquel entonces para referirse a sí mismo.
[5] El Verbo es otro apelativo de Jesús. V. Juan 1: 1
[6] Deuteronomio: 28:28
[7] El Areópago era una Colina ateniense destinada en la antigüedad al foro abierto para el debate público.
[8] V. Hechos 17, 30-31
[9] V. Juan 5, 28-29
[10] Juan 3, 17-18
[11] V. Artículos 72 y 74 del Código Procesal Penal de la República Dominicana.
[12] CFR. Romanos 6: 15
[13] CFR: 1 Corintios 10: 13
[14] Juan 10:1






