A partir de la segunda mitad del siglo XX gran parte del debate político a nivel mundial se ha centrado en el desarrollo humano como valor último de la sociedad. Independientemente de sus fines políticos reales, la mayoría de las teorías políticas, económicas y sociales que hoy día dominan del debate tanto práctico como académico reclaman ser la forma más eficiente o más justa para alcanzar dicho fin. No dudamos que en el fondo sea honestamente su objetivo, puesto que la diferencia por lo general está en la concepción de la persona humana y los valores que cada una de ellas propugna. Así, la teoría neoliberal honestamente entiende que una “democracia” de libre mercado es la forma ideal de gobierno puesto que considera al ser humano como un “hombre consumidor”[1] y defienden el “tener humano” como valor supremo por oposición al “ser humano”. Más allá de las críticas y preferencias que tenemos al respecto de esta afirmación, el objetivo de este trabajo consiste en proponer una herramienta política que nos permitirá avanzar hacia el objetivo planteado: los Derechos Humanos.
Antes de proseguir, cabe resaltar que partiremos de dos premisas básicas: i) El desarrollo humano sólo es posible a través del esfuerzo consciente, coordinado y solidario de la sociedad humana, es decir, de los colectivos de personas quienes administran el poder popular para lograr el objetivo común de permitir a todos sus miembros desarrollar todas sus potencialidades de la forma que mejor les parezca y sin interponerse en el camino de los demás; ii) Las personas siempre estarán más inclinadas a hacer aquello que desean hacer o con lo que están de acuerdo, en vez de aquello que les es impuesto.
De las dos premisas anteriores se desprende que el desarrollo humano debe ser abordado desde una perspectiva colectiva y democrática. Los valores y principios que rijan esta actividad deben estar dirigidos a coordinar el trabajo solidario de las personas y deben ser el producto de una amplia discusión de todos los sectores que compongan la sociedad y en la cual todas y todos los participantes sean tomados en cuenta a la hora de decidir[2]. Sin embargo, a la vez deben ser principios y valores cuyo carácter normativo esté fuera de duda a la hora de llevarlos a la práctica. En otras palabras deben tener un carácter vinculante indiscutible, lo cual no equivale a convertirlos en axiomas o evitar que sean cuestionados y cambiados. En este sentido, los Derechos Humanos resultan ser una herramienta sin parangón para regir el esfuerzo de la sociedad hacia lograr el pleno desarrollo de las personas.
No obstante, tal com0 han sido puestos en práctica hasta el momento, los diversos instrumentos que consagran los DDHH excluyen en mayor o menor medida su utilización plena como herramientas políticas para el desarrollo humano. Por esta razón debemos considerar reformas profundas a nuestra concepción de los DDHH y su implementación:
A) Sacar los DDHH de la órbita jurídica: El principal límite de los sistemas de protección de los DDHH es su dependencia del mundo jurídico. En primer lugar, esta realidad excluye del debate y a la implementación de los DDHH a los sujetos protegidos, y en segundo lugar, reduce considerablemente las formas y las personas dispuestas a proteger los DDHH. Los DDHH se convierten en el monopolio de un pequeño grupo de tecnócratas quienes los convierten en su empleo con todas las implicaciones políticas, ideológicas y económicas de ello.
Una consecuencia particularmente perniciosa de esta realidad la constituye la objetivización de las víctimas lo cual lleva a su revictimización. Los mecanismos de protección de estos derechos son utilizados como un fin en si mismos. Así, se crea un sistema en que las víctimas deben seguir siendo víctimas para poder justificar el trabajo de innumerables organizaciones que se dedican a hacer informes sobre la situación de los DDHH o a litigar ante tribunales internacionales, etc. Muchas veces las víctimas son utilizadas como bandera de una situación particular, explotando su sufrimiento y en gran medida potenciándolo. Las víctimas son expuestas al mundo como seres incapaces y débiles que deben ser protegidos, de manera tal que la mayoría de las personas no creen que sea posible que los DDHH sean realizados por la propia comunidad, sino por agentes externos que en un acto de benevolencia casi divina les brindan algo de lo que les sobra. Esta lógica debilita a las personas, las obliga a sentirse incapaces de resolver sus problemas y las hace dependientes. Por otro lado, la experiencia nos muestra que no es posible hacer realidad los derechos de las personas sin la colaboración activa y protagónica de esas personas.
B) Reconsiderar los sujetos activos de los DDHH: Tradicionalmente el Estado es el sujeto activo por excelencia de los DDHH. Todos los sistemas de protección de los DDHH están construidos en torno a obligar a los Estados a hacer realidad estos derechos. Esta visión deja de lado dos asuntos de vital importancia: i) Las personas, víctimas o no, son perfectamente capaces de aportar a la realización de sus DDHH desde su ámbito inmediato, y ii) El Estado se convierte en un zafacón donde se acumulan las condenas por violación de los DDHH sin que ningún grupo o persona particulares sean responsabilizados por las violaciones de estos.
Como consecuencia de lo anterior, los DDHH no pueden ser realizados a plenitud, vivimos una carrera sin fin donde los órganos de protección de estos derechos tratan de alcanzar, caso por caso a los Estados “violadores” de los mismos, mientras que las personas que se benefician de estas violaciones casi siempre permanecen impunes. A lo sumo, el actual sistema permite reorganizar el Estado para que su utilización en la comisión de ilícitos internacionales sea más difícil, e incluso para presionar a que los ejecutores de violaciones muy groseras sean castigados, pero casi nunca esto llega a la causa del problema, los beneficiarios de las violaciones simplemente buscan nuevas formas de lograr sus objetivos y las violaciones continúan. En otras palabras, cambiar la violencia ejercida mediante la brutalidad policial y la represión militar por violencia ejercida a través de la exclusión y marginación sociales, la pobreza y la falta de oportunidades no cuenta como avance hacia la democracia; cambiar la censura ejercida a través de cierre de medios de comunicación y encarcelamiento por la censura ejercida mediante el monopolio privado de medios de comunicación y la apatía frente a las denuncias y quejas, no cuenta como un avance en la libertad de expresión; condenar al Estado dominicano a respetar los derechos de los inmigrantes haitianos y sus descendientes, sin destruir las estructuras sociales que promueven la discriminación y la explotación de los inmigrantes nunca resolverá el problema.
Es necesario repensar el sujeto activo de los DDHH, no como el Estado, sino como la sociedad. Estos derechos deben ser protegidos por todos y cada uno de los miembros de la sociedad, quienes deben colaborar en esta tarea. Al mismo tiempo hay que recordar que las violaciones a DDHH son cometidas por personas reales, las cuales tienen razones para hacerlo, por lo que es necesario castigar a estas personas y eliminar esas razones. Más importante aún, es necesario recordar el carácter clasista de la sociedad y entender que en una sociedad dominada por una clase social es ésta quien se beneficia del estado de las cosas, y por tanto, es necesario combatir el dominio de esa clase social para poder realizar a plenitud los DDHH.
C) Traer los DDHH al debate cotidiano de las personas: El paso más importante para que una norma funcione es que los sujetos a los que está destinada se apropien de ella y que la conozcan al dedillo. Convertir los DDHH en un asunto cotidiano que sea tratado por todas y todos en cualquier momento permitiría a las personas conocer su aplicación práctica. En este sentido, al “aplatanar” los DDHH le damos un carácter vinculante a los ojos de la mayoría de las personas, al mismo tiempo que incluimos las opiniones de los destinatarios de estas normas, democratizándolos y potenciándolos. Al convertirse en parte de nuestra cotidianidad será mucho más fácil para las personas reclamar el cumplimiento de sus derechos, así como conocer y respetar los de las demás. Cunado menos, los DDHH se legitimarían ante los ojos de la sociedad.
D) Replantear el desarrollo humano con el objetivo central de los DDHH: Este replanteo implica la politización de los DDHH, es decir, su utilización como una herramienta para alcanzar un fin político particular. Este fin político es el desarrollo humano. Es importante notar que no podemos confundir lo político con la politiquería. La política es la organización del poder colectivo para lograr fines colectivos, en este sentido, el objetivo último lo constituye el desarrollo humano, el cual entendemos es una realidad sólo alcanzable a través del esfuerzo colectivo. Por otro lado, lograr este replanteo implica crear un debate colectivo sobre lo que constituye desarrollo humano y los medios aceptables para alcanzarlo. En otras palabras, toda la sociedad debe ser capaz de entender y aportar al desarrollo de los DDHH como forma de alcanzar el desarrollo humano. Así como debemos caminar (o movernos en la forma que cada cual pueda) para llegar de un lado a otro, así debemos colaborar en la realización colectiva de los DDHH para que los nuestros puedan realizarse también.
De estas ideas propuestas se desprende pues, que debemos crear una ética social basada en la implementación y respeto de los DDHH. Tal ética consideraría el imperativo moral de toda persona, su necesario compromiso con el desarrollo de sus congéneres, por lo tanto, su actuar deberá estar condicionado no sólo por el respeto de las prerrogativas que se desprenden del derecho al desarrollo, sino por las obligaciones positivas que se desprenden para cada quien de colaborar con los demás en alcanzar esa finalidad. Al tener estas normas una manifestación jurídica se hacen obligatorias aún cuando no se está de acuerdo con ellas, lo cual no elimina el derecho a cuestionarlas siempre que ello sea más provechoso para el imperativo moral ya esbozado. Además, se deduce de todo lo expuesto que los derechos humanos deberán progresar a través del quehacer político de la sociedad organizada, es decir, que todos los sectores de la sociedad deben participar en la creación de estas normas, de su implementación y de la continua crítica a la que deben estar sometidas. Así, los DDHH no serán simplemente normas que nos protegen del Estado, sino las normas que rigen el trabajo colectivo, el quehacer político, las normas que rigen el poder popular que es la máxima manifestación del poder en una sociedad, en otras palabras, los DDHH se convertirían en una fuerza creadora, no sólo en una fuerza negadora (de los abusos del Estado), lo cual evidentemente multiplicaría su poder defensor ante los abusos cometidos no sólo por el Estado, sino desde cualquier ámbito.
Este pequeño artículo peca de dar por sentado muchos conceptos e ideas, precisamente por cuestiones de espacio, sin embargo la idea es estimular el debate. Esperamos poder desarrollar estas ideas más a fondo, preferiblemente con la participación de las lectoras y lectores. Para finalizar creemos que todo lo expresado en esta entrega puede ser resumido en la siguiente frase que ya he citado en numerosas ocasiones: “¡Sólo el pueblo salva al pueblo, inventemos!”.
[1] He omitido deliberadamente mencionar a las mujeres para resaltar la falta de una concepción de género en la teoría y la práctica neoliberales.
[2] Los escritos sobre ética de K. Apel y J. Habermas, así como de Enrique Dussel son de gran utilidad para profundizar en este aspecto.





